La felicidad es algo fugaz, entendí ese 15 de noviembre
del 2010. No valoraba las pequeñas alegrías que tenía por estar todo el tiempo
buscando la felicidad. Los pequeños
detalles eran insignificantes para mí, siempre quería más, algo más grande,
algo de mayor valor, porque pensaba que esas eran las cosas que me llenaban
completamente. ¡Pero qué equivocada estaba!, “la felicidad no debe ser un
destino al que todos queremos llegar, debe ser más bien una forma de vida que
todos estamos dispuestos a llevar”, me dijo ella sonriendo y limpiando mis lágrimas
con su pañuelo.
Mi vida era perfecta, tenía todo lo que puede hacer feliz
a alguien: mis padres eran los mejores, siempre estaban conmigo
incondicionalmente, eran más que nada, mis mejores amigos, mis cómplices. Con
ellos vivía cosas que cualquier niño a mi edad desearía vivir con sus padres.
No obstante, estaba en la época en la que no comprendía eso, ya estaba cansada
de que quisieran hacer todo conmigo: ir a comer, ir a rezar, ir a ver ropa
juntos y lo que más les gustaba era ir al cine, ¡pero no a ver cualquier película!, les encantaba
el género de terror. Tomarme de la mano y decirme: “mi bebé”, eso ya me
aburría, además quería tener mis amigos, tal vez un novio con el que pudiera ir
a ver ese tipo de películas, para tomarlo de la mano y decirle que nunca me
soltara porque a su lado me sentía protegida.
El 15 de noviembre era mi cumpleaños. Ya iba a cumplir
mis quince años y mis padres no querían hacerme una fiesta, querían irse de
viaje conmigo a Disney a ver las princesas, no entendían que su “bebé” ya
estaba creciendo y que ya esos planes no eran mis favoritos. Decidí un día
antes de mi cumpleaños decirles que necesitaba hablar seriamente con ellos de
un tema que quizás no los haría muy felices, pero que era necesario hablarlo.
Me senté en la sala y les expliqué una y otra vez que ya
era grande y que quería tener mí intimidad, mi vida, mis amigos y vivir nuevas
experiencias con otras personas. Ellos lo entendieron. La verdad, lo tomaron
mejor de lo que yo esperaba. Aunque discutimos un poco, alzamos la voz, todo al
final quedó solucionado, sólo me pusieron una condición: tenía que ir a ver por
última vez una película de terror con ellos. Se llamaba la muerte y su estreno
era el mismo día de mi cumpleaños. Se veía escalofriante, entonces accedí a ello.
El día de mí cumpleaños llegaron con 3 boletos de cine,
me dijeron que ese sería mí regalo. En parte no entendía por qué me iban a dar
sólo una entrada a cine por mi cumpleaños número quince. Sin embargo, lo vi por otro lado, uno más
positivo, esa sería la última vez que iba con ellos. Justamente fue lo que
deseé cuando soplé las velas de mi pastel.
Eran las 7 p.m. cuando entramos a ver la película. la
sala estaba muy iluminada por que todas
las personas estaban buscando sus asientos, de un momento a otro se apagaron
todas las luces. La sala se puso helada y la película comenzó. Yo estaba muy
asustaba, entonces tomé fuerte la mano de mis padres y sentí un vacio que
recorrió todo mi cuerpo. Supuse que era por la película ya que estaba muy
miedosa y los protagonistas estaban a punto de fallecer en un accidente
automovilístico. En ese momento pasaron mil cosas por mi cabeza, nunca había
visto una película de terror que se acercara tanto a la realidad, fácilmente
cualquier persona podía accidentarse, entonces la cercanía de la película con
la realidad Hacía que cada vez sintiera más miedo y no veía la hora de que se
terminara, quería que el deseo ya se hiciera realidad y que nunca más tuviera
que ir a cine con mis padres.
La película se terminó a las 9 p.m., mis padres salieron
felices dándome las gracias por haberles permitido ver esa película conmigo,
repitiéndome una y otra vez que yo era su tesoro más valioso, su vida y más que
nada su felicidad. Yo, por no herir sus sentimientos, les repetí exactamente lo
que ellos me dijeron entre los dientes y sin ganas les dije que ellos también
eran mi felicidad, cuando en realidad pensaba que no era así.
Susana, mi mejor amiga, estaba también saliendo de cine
con sus padres y me invitó amanecer a su casa. Mis padres me dieron permiso
porque sabían que si no lo hacían no les iba hablar nunca más, porque la noche
anterior les había pedido que por favor me dejaran hacer mi vida. Ellos se
despidieron de mí con una gran sonrisa porque me amaban, pero yo, con otra gran
sonrisa, les respondí, al saber que aunque fuera una noche, iba a estar lejos
de ellos.
Llegué a casa de Susana, que era tan solo a unas cuadras
de la mía y se comenzaron a escuchar muchas sirenas de ambulancias. Todos los
presentes en la cuadra salieron a ver qué
pasaba, pero Susana y yo no le prestamos atención a ese sonido que, después me
daría cuenta, iba a cambiar mi vida por completo.
Los padres de mi amiga empezaron a gritar como locos que bajáramos
que había algo importante que me tenían que decir. En ese momento me volvió a
invadir ese vacío que antes en cine había sentido y escuché la peor noticia que
pueden darte en la vida: “Luisa, lastimosamente tus padres acaban de fallecer
en un accidente. El carro perdió el control y se quedó sin frenos. No hubo
forma de salvarles la vida”, Dijeron.
En ese momento mi mundo se vino abajo, me sentía
culpable, mi deseo de cumpleaños se había vuelto realidad, ¿ahora cómo irían a
cine conmigo?
Pasaron tantas cosas por mi cabeza en ese momento que yo también
llegue a desear estar muerta pero hoy, después de todo lo que viví, sólo
concluí enseñanzas y lecciones. Entendí que las niñas siempre vamos por ahí
cambiando “oro por cobre”. Sí, esa frase la dicen mucho porque es muy cierta:
los humanos solemos siempre ignorar las grandes cosas por ver las pequeñas que supuestamente
nos hacen felices, sin darnos cuenta que nos perdemos la Luna por mirar las estrellas.
Esa noche cambió mi vida y nunca más pude volver a ir a
cine porque ver una película en un teatro me recordaba el deseo que había perdido,
la catástrofe que había cambiado mi vida.
Una película de terror se puede convertir en realidad y volverse tu peor
pesadilla sin ni siquiera estar dormido.
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